Le conocía desde que era pequeña, era el hijo de unos amigos de mis padres. Siempre estábamos juntos y compartíamos muchos momentos: excursiones, comidas familiares, celebraciones…
Al principio éramos amigos porque jugábamos, íbamos en bici, nadábamos en la piscina de sus padres. Ellos tenían una casita acogedora en la costa y todos los veranos nos invitaban a pasar unos días. Me lo pasaba fantásticamente allí sin pensar en nada, sólo en divertirme. Sus padres tenían un pequeño velero; cuando hacía buen tiempo, navegábamos por el mar Mediterráneo admirando el paisaje, tomando el sol en cubierta o simplemente gozando del viento que nos hacía sentir libres de responsabilidades. Normalmente, el padre de Dani atracaba en una pequeña cala para poder darnos un chapuzón. La Costa Brava es sorprendente con estos encantadores rinconcitos de difícil acceso, ya que tan sólo se puede acceder a través del mar. Son lugares mágicos, donde se obtiene paz y tranquilidad, no hay casi gente; uno se relaja tanto que puede llegar a pensar que no hay nada más en este mundo, sólo aquellos instantes compartidos con los que más quieres en un verano que no deseas que finalice nunca.
Nuestros padres nos hacían fotos y eran como pequeños retazos de risas y alegría. Lo consideraba mi mejor amigo en todos los aspectos. Mis compañeras de colegio tenían mejores amigas y yo tenía a Dani. Él iba a un colegio de niños y yo de niñas, así que el único contacto que teníamos con el sexo opuesto era el que teníamos entre nosotros. Por eso, nuestra amistad era como un tesoro, compartiendo secretos y confidencias.
Sabíamos que en invierno no podíamos vernos tanto porque los dos estudiábamos y no había tiempo para compartir ni un solo momento.
Así que el verano era para aprovechar nuestra amistad al máximo y así lo hacíamos. Pasábamos muchas horas simplemente compartiendo una charla, un deporte o contemplando una puesta de sol.
Por la noche, nos reuníamos con el resto de amigos. El pueblo tenía un pub al que iban todos los jóvenes que pasaban las vacaciones de verano. Hablábamos de cualquier tema y nos reíamos. Era fantástico ser joven, libre, sin responsabilidades ni preocupaciones. Sólo existía el presente y lo aprovechábamos al máximo.
Nos hicimos mayores, cada vez nos veíamos menos. Él empezó la carrera de arquitectura en Barcelona. Siempre le había gustado dibujar y se le daba bien. Mientras él tenía una habilidad para diseñar, yo era una apasionada de la lengua, literatura y cultura inglesa. Me matriculé en la universidad para estudiar Filología Inglesa. Así que nos fuimos distanciando. Al principio nos llamábamos con frecuencia, después nos enviábamos mails, finalmente sólo sabía de él a través de “Facebook”: una foto de sus amigos con él, una cena de compañeros de universidad, una foto de una discoteca bebiendo y riendo. Mientras, intentaba olvidar nuestra amistad e intentar conocer chicos, todos eran comparados con Dani y no había ninguno que pudiera competir con él.
Así que me decidí a pedir una beca para ir a Londres. Necesitaba mejorar mi inglés y me pareció un momento oportuno para pasar un tiempo fuera de casa.
Inglaterra es un gran país y su capital sorprendente. Londres es cosmopolita, multicultural donde conviven más de trescientos idiomas distintos, con una economía y unas finanzas competitivas a nivel mundial y un centro neurálgico en el ámbito de las artes. Visité los monumentos históricos y emblemáticos de la ciudad, sin embargo el sitio que me impactó más fue la Biblioteca Británica con su fondo de libros infinito; para alguien aficionado a la literatura es el paraíso.
Vivía en un piso compartido con estudiantes de diferentes nacionalidades; una italiana, una portuguesa, una francesa y yo. Así que más o menos nos entendíamos. Las lenguas son parecidas en vocabulario y estructura y si no entendíamos alguna palabra, la podíamos traducir al inglés. Me hice muy amiga de ellas. Todas queríamos enseñar inglés en nuestros respectivos países. Sin embargo, antes de acabar el curso, la misma academia me ofreció una plaza de profesora de castellano y como únicamente me quedaban unos exámenes en España, acepté el trabajo. Me gradué y volví para instalarme en Londres.
Siempre había pensado que sería profesora de inglés en un colegio en España, nunca hubiese pensado que me encantaría enseñar español para extranjeros, pero es lo que hacía y se me daba bien. Conocí a Alan, el típico inglés; se parecía a Hugh Grant. Lo recordáis en “Notting Hill”? pues era igual de encantador y cortés. Tan atento y comprensivo. Abogado de prestigio y pensaba hacer carrera política. Era el ideal de hombre para alguien como yo.
Siempre había tenido debilidad por las españolas de pelo largo oscuro, ojos enigmáticos y piel olivácea. Los besos eran breves, a veces, otras eran suaves y otras tan apasionados que me perdía en sus labios; me llegaba al corazón que me tratara como a una princesa. Me daba cuenta que lo comparaba constantemente con Dani y veía más diferencias que similitudes. Lo que los diferenciaba era que Alan me hacía sentir como su amante y en cambio con Dani nunca me había pasado.
Paseábamos por “Greenwich Village” e íbamos a pubs para tomar una cerveza, me invitaba siempre como el perfecto caballero inglés. En España nunca me había gustado correr, pero un día Alan me llevó a Hyde Park y encontré mi válvula de escape en ese espacio tan verde y hermoso. En otras ocasiones, me había invitado al West End para ver una obra de teatro y luego caminábamos cogidos de la mano por las calles comerciales llenas de turistas. Cuando hacía buen tiempo, nos acercábamos a Hamsptead Heath para escuchar un concierto de música clásica en Kenwood House y aprovechábamos para dar una vuelta romántica por el lago. Un fin de semana, fuimos al castillo de Warwick, que estaba cerca de Londres. Me apetecía dormir en un lugar encantado, plagado de fantasmas y espíritus errantes.
A veces me recordaba a Colin Firth en “El diario de Bridget Jones”, aunque no me parecía en nada a ella, pero Alan era una mezcla de los dos hombres de la protagonista. Además me había leído todas las novelas de Helen Fielding, mi escritora preferida, porque reflejaba la realidad de cualquier chica anhelando encontrar al hombre perfecto en un Londres moderno.
Compartía piso con Helène, la compañera francesa que había decidido quedarse a enseñar francés, en vez de regresar a su país. Salíamos siempre que podíamos, y visitamos un montón de sitios: Stonehenge, Salisbury, Bath, Brighton, Canterbury, Southamptom …
Nos encantaba el “shopping”; había tantas tiendas para admirar, revolotear, curiosear y los “markets” eran una locura, de antigüedades, de artesanía, de comidas locales… Nos acostumbramos a comer “fish and chips” y a tomar el té con un pequeño “brownie”. Fue una experiencia increíble.
No tenía intención de regresar a casa salvo en vacaciones para visitar a la familia. Unas navidades volví para celebrar estas fiestas tan arraigadas; dicen que es época de reencuentros. Un día mis padres invitaron a sus mejores amigos, así que vi a Dani. Estaba realmente atractivo con una camisa azul cielo, tejanos oscuros y sonrisa cautivadora. Mis padres me habían explicado que viajaba por todo el mundo, trabajando en proyectos internacionales, es decir, se ganaba bien la vida. Estaba como siempre, juguetón conmigo, haciendo bromas y comentando chistes. Recuerdo que tenía un “iPhone” y no paraba de enviar “WhatsApp”, pero no le hice ni caso; muchos estamos enganchados a las nuevas tecnologías, suponía que Dani no tendría porqué ser una excepción. En aquel momento llamaron a la puerta y me tocó abrir, como siempre. Me encontré un chico guapísimo en la entrada y pensé que me lo quedaría como regalo de Reyes. En ese momento, Dani vino hacia mí y me dijo: “Te presento a Max. Quería que os conocieseis porque siempre has sido mi mejor amiga y él es el amor de mi vida.”
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