lunes, 11 de marzo de 2013

Ricardo

Desde pequeña había tenido la fijación de encontrar a un príncipe azul, me rescataría de una vida aburrida, me pediría que me casara con él, vendrían los hijos y viviríamos una vida plena y feliz. Creía que era el único modelo a seguir; conocer a un hombre y entrar en la sociedad como la familia modelo.  Estaba completamente equivocada, pero cuando eres joven e idealista, lo ves todo de color de rosa; a partir de experiencias, la vida se encarga de demostrarte que todas las relaciones están llenas de matices y que no sólo existe el blanco o negro.
Así que siguiendo este modelo fijo de vida familiar perfecta, me casé con Ricardo siendo muy joven, demasiado, sin experiencia en la vida y sólo habiéndolo conocido a él como novio. Fue mi primer amor, mi amante, mi compañero.
Tenía dieciséis años cuando conocí a Ricardo y él ya había cumplido los veinticinco. Era musculoso, atlético, fuerte, su cuerpo irradiaba una energía magnética que me atrapó en seguida. No tenía estudios, pero no me importaba que nuestros mundos estuviesen a años luz. Mis padres siempre se opusieron a nuestra relación; por la edad, por la experiencia, por los estudios. En realidad había un montón de razones para creer que era una locura; pero yo me enamoré locamente de la imagen que me había formado de él. Lo veía como mi héroe; me protegía mucho. En esos momentos pensaba que la protección era amor, con el tiempo me di cuenta de que no. Él trabajaba como albañil, pero tenía ambición y siempre me decía que su deseo era tener su propia empresa de construcción. Mientras tanto yo estudiaba enfermería. Los fines de semana salíamos con sus amigos; dejé de lado a las amigas de toda la vida. En aquella época, pensé que era lo más normal.
Cuando acabe los estudios, nos casamos en seguida y nos fuimos a vivir a un pueblo pequeño donde toda la gente se conocía. Creía que era lo mejor para nuestra hija y para construir una vida tranquila y sana en común. Elisabeth no tardó en llegar a nuestras vidas, quizás las madres no somos muy objetivas respecto a los hijos. Es ”Lizzy” para los amigos, mientras que para la familia es Eli. Cuando era muy pequeña tenía como modelo a la protagonista de una serie americana llamada “Lizzy Mcguire”. Tiene el pelo castaño claro y los ojos azules que los ha heredado de mi padre. Siempre sonríe y está alegre. A veces, me doy cuenta que vivo a través de su energía que no se agota nunca. Sigue siendo pequeña, apenas seis años, sin embargo es lista y tiene una imaginación desbordante. Este curso ha empezado primero de primaria; cuando hablé con su maestra, me dijo que Eli tenía aptitudes para el dibujo, así que le regalamos unos cuadernos, con pinturas para que pudiese desarrollar su creatividad en casa.
Íbamos a todos los sitios juntos, no hacía nada sola, siempre Ricardo conmigo. Creía que era porque me quería y hubiese ido al fin del mundo conmigo. Estaba realmente equivocada porque eran celos y posesividad hacia mí. Dicen que el amor es ciego; en mi caso lo fue realmente y no me di cuenta hasta que conocí a  Roberto. Ejercía la medicina general en el pequeño consultorio público donde trabajaba. Así que era la enfermera que le ayudaba a atender los pacientes. Me encargaba pruebas, recetas…me lo pedía con una amabilidad inusitada, así que me sentía valorada y útil.
No pasaba lo mismo en casa.
Llegó la crisis y Ricardo no había podido realizar el sueño de convertirse en su propio jefe en su proyecto de empresa.  Así que pasábamos días en los que no podíamos salir por falta de dinero y a veces no sabía cómo animarle. Y empecé a compararle con Roberto. Mi marido se convirtió en un ser sin motivación, y sin ambición. Quería lo que me podría ofrecer un médico, no un simple albañil. Estaba siempre nerviosa e irritada con Ricardo. Los únicos momentos que me sentía bien era en el trabajo.
Roberto empezó a coquetear conmigo, un simple roce, una mirada cargada de significado, un piropo… me hacía sentir deseada. O quizás era lo que quería pensar porque me sentía insignificante para Ricardo. Era como volver a sentir una inquietud y una excitación olvidadas. Me arreglaba más; compré vestidos “sexys”, me maquillaba para que se fijara más en mí.
Un día llegó a la consulta una chica despampanante. Llevaba el cabello recogido en un moño, vestía un traje de ejecutiva que parecía transmitir toda su seguridad. Tenía una mirada franca y sin tapujos me comentó que había venido a ver a su marido y cuando Roberto salió de su despacho y la vio, se acercó a ella y le dio un beso demoledor. En ese momento, lo vi todo claro, pensé, “es lo que tengo que hacer cuando llegue a casa, besar a mi marido como si fuera la primera vez, vivir mi realidad, tengo un marido, una hija; así que recuperar el deseo consiguiendo avivar el fuego subyacente que está en nuestro interior y volvernos a amar para siempre”.

Patrick

Habíamos quedado en una cafetería cercana a mi casa. No quería correr riesgos porque no nos habíamos visto nunca.
Sólo habíamos chateado. Me encantaba estar en casa sola y estar delante del ordenador hablando de temas varios con desconocidos. No tenía que ponerme guapa ni arreglarme para una cita virtual.
Quedábamos a las diez de la noche, después de cenar y eran mis momentos preferidos para desconectar del mundo exterior. No había responsabilidades ni cargas de ningún tipo; sólo había él y yo.
Después de unas cuantas conversaciones por el chat, ya sabía cómo era el chico. Si no me interesaba, no hablaba más con él; lo eliminaba de la lista de contactos, así de sencillo.
Pero cuando me gustaba uno, intercambiábamos teléfonos y oía su voz para cerciorarme que no era un desconocido; quizás había visto demasiadas películas y series.
Cuando estaba segura que no era un peligro, para la primera cita quedaba en un sitio concurrido y conocido. Siempre tomaba algo con él, y con una hora de conversación ya sabía si quería volverlo a ver o no. Antes de quedar con ellos, les pedía una foto para ver su aspecto físico.
Así que cuando me preparé para conocer a Patrick; después de haber hablado con él varias veces y pensando que sería como los otros, me llevé una grata sorpresa.
Entré en la cafetería, vestida informal, moderna, y cuando lo vi sentado leyendo el periódico, mi corazón empezó a latir muy deprisa. La foto que me había enviado no le hacía justicia. Era alto, un metro ochenta y cinco, su pelo estaba recogido en una coleta con algunos mechones sueltos. Tenía una mirada misteriosa, sus ojos oscuros me recorrieron con apreciación. En seguida vi que le gustaba mi aspecto. El suyo era enigmático; pantalones negros, camiseta ajustada que te dejaba adivinar los pectorales y abdominales formidables que escondían, finalmente unas botas de vaquero.
Se levantó y me dio dos besos fugaces en las mejillas. Me ayudó a quitarme la chaqueta como un perfecto caballero y nos sentamos. Pedimos dos cafés y empezamos a hablar. Era como si nos conociésemos de toda la vida porque habíamos compartido horas y experiencias. La única diferencia es que en ese momento nos mirábamos los ojos y en seguida vimos que la química surgía a medida que estábamos juntos.
Después de dos horas, me invitó a cenar a un restaurante italiano de la zona. Sabía que mi comida preferida era la pasta.  Para postre comí un tiramisú que me llevó directa al cielo de los deseos.
Luego, paseamos por las calles del casco antiguo de mi ciudad. No hacían falta las palabras. Me cogía por la cintura, un pequeño roce de sus nudillos con mi mejilla, o un beso en mi mano; sentía que me derretía con sus caricias suaves y eran irresistibles para mis sentidos ya completamente inquietos.
Noté su deseo latente y nos cruzamos las miradas para saber que pensábamos lo mismo. En el centro histórico había un hotel con encanto para turistas ávidos de visitar una ciudad medieval.
Fue nuestro destino. Pagó una suite espléndida, con unas vistas al río; cuando me detuve a contemplar las aguas transparentes con la imagen de la luz de la luna en el cielo estrellado, ya estaba completamente excitada.
Estaba de espaldas a él, creía que estaba preparando unas copas. De repente, sentí sus brazos rodeándome con ellos. Me apoyé en su pecho y mis dedos se movían solos en sus bíceps y sus manos. Bailábamos la danza del deseo. Me volvió a él y me besó. Primero suavemente, me entreabrió los labios, su lengua hacía tentativas para entrar en mi boca. Nuestras lenguas se enroscaron y el beso se volvió apasionado. Nuestras bocas se devoraban por el deseo. Me abrazó posesivamente  y me dijo en el oído: “nunca he deseado tanto a una mujer”.
Me quedé quieta, mientras me levantaba como si fuese una pluma. Me dejó en la cama estirada; se acercó y empezó a lamerme el lóbulo de la oreja, su lengua se deslizó hasta el cuello. Me estremecí de placer. Sus dedos recorrieron mi escote y a la vez bajó la cremallera del lado del vestido. Todo lo hacía lentamente, como si fuese un precioso tesoro por descubrir. Vio el sujetador de encaje y sus dedos recorrieron mi pecho.
No pude aguantar más la tentación de tocar sus músculos por debajo de la camiseta. En seguida se la quitó para que tuviera más acceso a su piel. Estaba bronceado, reseguí su vello oscuro hasta la cintura; le bajé la cremallera de los pantalones para tocarlo íntimamente. Estaba realmente excitado. No pudo aguantar más mis caricias y de golpe se quitó toda la ropa. Lo tenía desnudo encima de mí. Mientras me besaba, sus manos me acariciaban los muslos y la entrepierna. Me dijo “veo que ya estás mojada”. No sabía ni como había quedado desnuda ante él. Su miembro tanteó la entrada y oí que me decía “eres tan deliciosamente estrecha que deseo llenarte para que veas las estrellas”.
En ese momento, sonó un pitido extraño. Patrick se quedó quieto y me dijo “es mi busca, tengo que llamar a la central”. Se levantó, llamó por teléfono, resulta que había una emergencia y él tenía que irse. Así que nos despedimos y quedamos que nos llamaríamos.
Nunca me llamó ni yo a él.

Johanna

Estudié medicina porque quería ayudar a la gente. Era mi objetivo principal, pero se convirtió en algo que no tenía nada que ver.
Vivía en Berlín, una ciudad de contrastes; habiendo pasado por una guerra y una transición después de la caída del muro, estaba llena de recuerdos; era un reflejo de la sociedad alemana. Con sus avenidas amplias, sus monumentos reconstruidos, su historia en cada fachada de sus edificios centenarios. La zona este, RFA, tenía las reminiscencias de un pasado comunista y oprimido, mientras que la zona capitalista de la RDA no tenía nada en común con ella.
 Es una de las capitales más importantes de la Unión Europea y acumula riquezas culturales, artísticas de primer nivel. Es una ciudad que ejerce una gran influencia en el ámbito económico a nivel mundial.
La sanidad y la educación públicas son unas de las mejores bazas que posee Alemania. Trabajaba en un hospital muchas horas a la semana; haciendo guardias, urgencias, durmiendo pocas horas. Al principio me gustaba este ritmo de trabajo, con estrés, nervios, era un reto para mí, daba lo máximo de mi misma, aprendía, tomaba experiencia, me parecía que era lo que necesitaba.
 Además conocí a Hans, un atractivo médico que me hacía suspirar siempre que me miraba. Trabajábamos juntos y formábamos un equipo invencible en el quirófano. Él quería ascender y llegar a ser el jefe de cardiología. Tenía ambición, me gustaba que fuese tan seguro de sí mismo, tan puntual, tan responsable, tan organizado…. Pensaba que era como él, pero después de tanto tiempo trabajando del mismo modo, en un sistema que no te dejaba ni respirar, me encontraba como asfixiada de tanta burocracia y la persona idealista que había sido antaño, cuando era más joven, ya no sabía ni donde se había ido.
Un día, mi mundo cambió. 
Mi mejor amiga no era alemana, sino que había venido de los Emiratos Árabes, para estudiar “Ciencias medioambientales” en Berlín. Alemania es uno de los países más concienciados con las políticas ecológicas y el reciclaje a gran escala.
Un día vino a verme al hospital y me dijo que su padre estaba muy enfermo. Me pidió ayuda, no sabía a quién más acudir, yo era su última esperanza. Naturalmente ni me lo pensé, claro que me iría al desierto para ayudar en lo que pudiese, así que se lo comuniqué a Hans. Se enfadó, nunca lo había visto perder los papeles, ni conmigo ni con nadie, siempre tan controlado e invulnerable, a veces pensaba que era insensible. No entendía porque tenía que hacerlo, a causa de su actitud, tuvimos una grave pelea en el trabajo, él decía que dejaba escapar una gran oportunidad en mi vida profesional. La verdad, no lo conocí hasta ese momento que me demostró que para él era más importante el trabajo que ser un buen amigo.
Así que cogimos un avión y nos fuimos  a Abu Dabi, allí nos encontramos con su hermano que llevaba un traje a medida, le quedaba como un guante, era elegante, refinado y con muy buen gusto. No parecía un “jeque”, que era lo que me había contado Mina; así que recorrimos el desierto con su magnífico coche a tracción en las cuatro ruedas y en seguida nos encontramos en el campamento de su familia. Allí, tanto Mina como Rashid se cambiaron de vestimenta beduina, para no desentonar me puse un pañuelo en el pelo. Visité a su padre, pero era demasiado tarde para salvarle. La tribu tenía un “hakim” que hacía de médico y curandero. No creía en mi magia como doctora, en seguida  tuve que poner mucho esfuerzo en adaptarme a las costumbres y no ser mal educada porque son muy susceptibles a los cambios. Viven como sus antepasados en el desierto, en tiendas y alejados de cualquier comodidad de los países occidentales.
Ayudé a una madre a traer su hijo al mundo. Fue una experiencia única, hacía tiempo que no ejercía la medicina de esa manera y me sentí otra vez útil, relajada. El padre me regaló un alazán magnífico y este gesto para mí fue más importante que todo el dinero que ganaba en mi país. A veces, no me daba cuenta, pero Rashid me miraba desde la distancia; montado en su caballo parecía un príncipe sacado de alguna novela de las mil y una noches. Había estudiado en Harvard y tenía una formación envidiable. Su familia tenía muchas empresas y extensiones de terreno, es decir eran riquísimos, lo admirable era que preservaban sus costumbres a costa de la modernidad.
Un día Rashid me invitó a la ciudad a cenar. Me compró un vestido exquisito que en principio no quise aceptarlo, pero allí es como un insulto. Así que me lo puse, no me parecía a mí misma, creía que estaba soñando. Me fascinaba; sus modales, su exquisito trato, su inteligencia. Más tarde me explicó que había concertado el matrimonio de Mina, con otro jeque de otra tribu. Este hombre tenía como mínimo setenta años y Rashid dijo que eran negocios y una tregua de paz entre ellos. No entendía cómo podía hacerle eso a Mina, se lo razoné, sin embargo, no quiso escucharme. Nos marchamos de la ciudad en silencio, sintiéndome a años luz de él.
Cómo podía ser que hubiese estudiado en los mejores centros educativos, pero ni sus ideas ni sus raíces habían cambiado. Él era el jefe de su tribu, el hermano mayor y tenía que hacer lo que estuviese en su mano por el bien de los suyos. Quería cambiar esa cultura, esas tradiciones, lo quería cambiar todo, sabía que no podía porque no me habrían dejado.  La paz que había conseguido se había evaporado rápidamente y tenía que hacer algo por Mina. Pero no pude hacer nada, así que le deseé lo mejor del mundo y me marché.
Ahora vivo con Hans en un apartamento en Berlín. Aún trabajamos juntos, pero no tantas horas ni con tanta dedicación. Cuando llegué a Alemania, él ya me estaba esperando en el aeropuerto, con una sonrisa en sus labios y con un ramo de flores a modo de bienvenida. En ese momento, me di cuenta que lo que había vivido en el desierto era como esos sueños que nunca se hacen realidad. Mi vida estaba allí, en Alemania, con Hans y en el hospital que encontraba aburrido. A veces la vida te da lecciones para que cambies únicamente lo que necesites y valores lo que tienes y lo que podrías perder.

Alexandra

Le conocía desde que era pequeña, era el hijo de unos amigos de mis padres. Siempre estábamos juntos y compartíamos muchos momentos: excursiones, comidas familiares, celebraciones…
Al principio éramos amigos porque jugábamos, íbamos en bici, nadábamos en la piscina de sus padres. Ellos tenían una casita acogedora en la costa y todos los veranos nos invitaban a pasar unos días. Me lo pasaba fantásticamente allí sin pensar en nada, sólo en divertirme. Sus padres tenían un pequeño velero; cuando hacía buen tiempo, navegábamos por el mar Mediterráneo admirando el paisaje, tomando el sol en cubierta o simplemente gozando del viento que nos hacía sentir libres de responsabilidades. Normalmente, el padre de Dani atracaba en una pequeña cala para poder darnos un chapuzón. La Costa Brava es sorprendente con estos encantadores rinconcitos de difícil acceso, ya que tan sólo se puede acceder a través del mar. Son lugares mágicos, donde se obtiene paz y tranquilidad, no hay casi gente; uno se relaja tanto que puede llegar a pensar que no hay nada más en este mundo, sólo aquellos instantes compartidos con los que más quieres en un verano que no deseas que finalice nunca.
Nuestros padres nos hacían fotos y eran como pequeños retazos de risas y alegría. Lo consideraba mi mejor amigo en todos los aspectos. Mis compañeras de colegio tenían mejores amigas y yo tenía a Dani. Él iba a un colegio de niños y yo de niñas, así que el único contacto que teníamos con el sexo opuesto era el que teníamos entre nosotros. Por eso, nuestra amistad  era como un tesoro, compartiendo secretos y confidencias. 
Sabíamos que en invierno no podíamos vernos tanto porque los dos estudiábamos y no había tiempo para compartir ni un solo momento.
Así que el verano era para aprovechar nuestra amistad al máximo y así lo hacíamos. Pasábamos muchas horas simplemente  compartiendo una charla, un deporte o contemplando una puesta de sol.
Por la noche, nos reuníamos con el resto de amigos. El pueblo tenía un pub  al que iban todos los jóvenes que pasaban las vacaciones de verano. Hablábamos de cualquier tema y nos reíamos. Era fantástico ser joven, libre, sin responsabilidades ni preocupaciones. Sólo existía el presente y lo aprovechábamos al máximo.
Nos hicimos mayores, cada vez nos veíamos menos. Él empezó la carrera de arquitectura en Barcelona. Siempre le había gustado dibujar y se le daba bien. Mientras él tenía una habilidad para diseñar, yo era una apasionada de la lengua, literatura y cultura inglesa. Me matriculé en la universidad para estudiar Filología Inglesa. Así que nos fuimos distanciando. Al principio nos llamábamos con frecuencia, después nos enviábamos mails, finalmente sólo sabía de él a través de “Facebook”:  una foto de sus amigos con él, una cena de compañeros de universidad, una foto de una discoteca bebiendo y riendo. Mientras, intentaba olvidar nuestra amistad e intentar conocer chicos, todos eran comparados con Dani y no había ninguno que pudiera competir con él.
 Así que me decidí a pedir una beca para ir a Londres. Necesitaba mejorar mi inglés y me pareció un momento oportuno para pasar un tiempo fuera de casa.
Inglaterra es un gran país y su capital sorprendente. Londres es cosmopolita, multicultural donde conviven más de trescientos idiomas distintos, con una economía y unas finanzas competitivas a nivel mundial y un centro neurálgico en el ámbito de las artes. Visité los monumentos históricos y emblemáticos de la ciudad, sin embargo el sitio que me impactó más fue la Biblioteca Británica con su fondo de libros infinito; para alguien aficionado a la literatura es el paraíso.
Vivía en un piso compartido con estudiantes de diferentes nacionalidades; una italiana, una portuguesa, una francesa y yo. Así que más o menos nos entendíamos. Las lenguas son parecidas en vocabulario y estructura y si no entendíamos alguna palabra, la podíamos traducir al inglés. Me hice muy amiga de ellas. Todas queríamos enseñar inglés en nuestros respectivos países. Sin embargo, antes de acabar el curso, la misma academia me ofreció una plaza de profesora de castellano y como únicamente  me quedaban unos exámenes en España, acepté el trabajo. Me gradué y volví para instalarme en Londres.
Siempre había pensado que sería profesora de inglés en un colegio en España, nunca hubiese pensado que me encantaría enseñar español para extranjeros, pero es lo que hacía y se me daba bien. Conocí a Alan, el típico inglés; se parecía a Hugh Grant. Lo recordáis en “Notting Hill”? pues era igual de encantador y cortés. Tan atento y comprensivo. Abogado de prestigio y pensaba hacer carrera política. Era el ideal de hombre para alguien como yo.
Siempre había tenido debilidad por las españolas de pelo largo oscuro, ojos enigmáticos y piel olivácea. Los besos eran breves, a veces, otras eran suaves y otras tan apasionados que me perdía en sus labios; me llegaba al corazón que me tratara como a una princesa. Me daba cuenta que lo comparaba constantemente con Dani y veía más diferencias que similitudes. Lo que los diferenciaba era que Alan me hacía sentir como su amante y en cambio con Dani nunca me había pasado. 
Paseábamos por “Greenwich Village” e íbamos a pubs para tomar una cerveza, me invitaba siempre como el perfecto caballero inglés. En España nunca me había gustado correr, pero un día Alan me llevó a Hyde Park y encontré mi válvula de escape en ese espacio tan verde y hermoso. En otras ocasiones, me había invitado al West End para ver una obra de teatro y luego caminábamos cogidos de la mano por las calles comerciales llenas de turistas. Cuando hacía buen tiempo, nos acercábamos a Hamsptead Heath para escuchar un concierto de música clásica en Kenwood House y aprovechábamos para dar una vuelta romántica por el lago. Un fin de semana, fuimos al castillo de Warwick, que estaba cerca de Londres. Me apetecía dormir en un lugar encantado, plagado de fantasmas y espíritus errantes.
A veces me recordaba a Colin Firth en  “El diario de Bridget Jones”, aunque no me parecía en nada a ella, pero Alan era una mezcla de los dos hombres de la protagonista. Además me había leído todas las novelas de Helen Fielding, mi escritora preferida, porque reflejaba la realidad de cualquier chica anhelando encontrar al hombre perfecto  en un Londres moderno.
Compartía piso con Helène, la compañera francesa que había decidido quedarse a enseñar francés, en vez de regresar a su país. Salíamos siempre que podíamos, y visitamos un montón de sitios: Stonehenge, Salisbury, Bath, Brighton, Canterbury, Southamptom …
Nos encantaba el “shopping”; había tantas tiendas para admirar, revolotear, curiosear y los “markets” eran una locura, de antigüedades, de artesanía, de comidas locales… Nos acostumbramos a comer “fish and chips” y a tomar el té con un pequeño “brownie”. Fue una experiencia increíble.   
No tenía intención de regresar a casa salvo en vacaciones para visitar a la familia. Unas navidades volví para celebrar estas fiestas tan arraigadas; dicen que es época de reencuentros. Un día mis padres invitaron a sus mejores amigos, así que vi a Dani. Estaba realmente  atractivo con una camisa azul cielo, tejanos oscuros y sonrisa cautivadora. Mis padres me habían explicado que viajaba por todo el mundo, trabajando en proyectos internacionales, es decir, se ganaba bien la vida. Estaba como siempre, juguetón conmigo, haciendo bromas y comentando chistes. Recuerdo que tenía un “iPhone” y no paraba de enviar “WhatsApp”, pero no le hice ni caso; muchos estamos enganchados a las nuevas tecnologías, suponía que Dani no tendría porqué ser  una excepción. En aquel momento llamaron a la puerta  y me tocó abrir,  como siempre. Me encontré un chico guapísimo en la entrada y pensé que me lo quedaría como regalo de Reyes. En ese momento, Dani vino hacia mí y me dijo: “Te presento a Max. Quería que os conocieseis porque siempre has sido mi mejor amiga y él es el amor de mi vida.”